En estos días leemos en los diarios sobre la profunda crisis que sacude al sistema educativo chileno. Los estudiantes secundarios comenzaron reclamando algunas demandas puntuales (pase gratis en el transporte, gratuidad de la prueba de ingreso a la universidad, reforma de la escuela de doble turno, etc.) y terminaron exigiendo la derogación de la ley de educación.
Las reformas educativas de Chile siempre han sido seguidas de cerca por los especialistas en educación, ya sea para ensalzarlas como ejemplo de reformas modernizadoras a seguir por la región o para denostarlas como expresión de la "privatización" de la educación...
...
¿Qué detona la crisis?
A mi juicio, se debe a la confluencia de dos conflictos.
En principio, la sociedad chilena, con su espectacular crecimiento, está generando una movilidad social desconocida por las anteriores generaciones y muchos de los jóvenes secundarios sienten hoy (y sienten bien) que la educación que reciben está directamente ligada a su posición social. Estos jóvenes, que hoy tienen dieciséis años, que han vivido toda su vida en un gobierno democrático y progresista, hoy reclaman lo que les han prometido desde 1990: una educación igualitaria, para todos.
El segundo conflicto es más difícil de resolver. Lo cierto es que este sistema híbrido (compuesto por un subsistema municipal y otro privado), también expresa, a mi juicio, un acuerdo implícito que está presente en la sociedad chilena: una parte asumió la totalidad de las ideas de mercado y, en consecuencia, para ella, el tema de la equidad es una variable menos importante; otra parte de la sociedad –que tiene fuerte gravitación en el mundo educativo– todavía siente una melancolía por aquel Estado educador, fundado en ideales igualitarios, anterior a la reforma de Pinochet.
En consecuencia, no es un problema técnico el que tienen por delante en Chile. Se trata de cumplir, por un lado, con la expectativa de miles de jóvenes que hoy reclaman una educación igualitaria y, al mismo tiempo, resolver el intríngulis social en donde una parte de esta sociedad le reclama más mercado y la otra más Estado.
Las reformas educativas de Chile siempre han sido seguidas de cerca por los especialistas en educación, ya sea para ensalzarlas como ejemplo de reformas modernizadoras a seguir por la región o para denostarlas como expresión de la "privatización" de la educación...
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¿Qué detona la crisis?
A mi juicio, se debe a la confluencia de dos conflictos.
En principio, la sociedad chilena, con su espectacular crecimiento, está generando una movilidad social desconocida por las anteriores generaciones y muchos de los jóvenes secundarios sienten hoy (y sienten bien) que la educación que reciben está directamente ligada a su posición social. Estos jóvenes, que hoy tienen dieciséis años, que han vivido toda su vida en un gobierno democrático y progresista, hoy reclaman lo que les han prometido desde 1990: una educación igualitaria, para todos.
El segundo conflicto es más difícil de resolver. Lo cierto es que este sistema híbrido (compuesto por un subsistema municipal y otro privado), también expresa, a mi juicio, un acuerdo implícito que está presente en la sociedad chilena: una parte asumió la totalidad de las ideas de mercado y, en consecuencia, para ella, el tema de la equidad es una variable menos importante; otra parte de la sociedad –que tiene fuerte gravitación en el mundo educativo– todavía siente una melancolía por aquel Estado educador, fundado en ideales igualitarios, anterior a la reforma de Pinochet.
En consecuencia, no es un problema técnico el que tienen por delante en Chile. Se trata de cumplir, por un lado, con la expectativa de miles de jóvenes que hoy reclaman una educación igualitaria y, al mismo tiempo, resolver el intríngulis social en donde una parte de esta sociedad le reclama más mercado y la otra más Estado.
El autores es director del Centro de Estudios en Políticas Públicas y fue ministro de Educación de la Nación.
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